Siete Lagos de Rila

¿Preparados para el comienzo de la historia de mi incursión a los Siete Lagos de Rila?

Comienzo oscuro con olor a tormenta

Al asomarme a la puerta ya percibía un frío que anunciaba el comienzo del invierno. ¿Cómo podía ser que el día anterior, recorriendo las calles de Sofía, había disfrutado del último día veraniego? Me negaba a aceptar la realidad. Evité quitarme la bufanda gris ceniza y negra, recuerdo de mi abuela Celia, demostrando que mi temor al frío se había agravado con el tiempo. No por nada el extenso verano de Tel Aviv había hecho de las suyas.

Caminé unas cuadras, siempre en dirección al Palacio Nacional de la Cultura. Apenas salía de la puerta de entrada vería dos pequeños niños, tomados de la mano de su madre, sosteniendo un paraguas acorde a sus dimensiones. Observar la humedad del suelo y diminutas gotas volviéndolo a bañar, empezó a darme la sensación que no sería un gran día. Con la rapidez de los días mágicos borré los pensamientos negativos y al ver la hora continúe mi paso. Crucé la avenida por primera vez por la cebra, percibiendo que la excepción no confirmaría la regla. ¡El día no será para nada grandioso!

Atravesada la calle y sin bocinazo de por medio, entré a la casa de cambio que la noche anterior me había proporcionado nuevas Leva. Con el temor de los gastos extras que la incursión a los lagos de Rila significaría, prefería tener un dinero extra, en moneda local. Noté que se encontraba más cerca de lo pensado. Sin siquiera emitir una palabra en búlgaro, ni mucho menos en inglés, agradecí con la cabeza y me retiré evitando ser percibido entre el gentío, que tan temprano, brillaba por su ausencia. Tiempo de volver a cruzar la calle. ¡De nuevo respetando las normas de tránsito! Basta de seguir reglas, no quiero sentirme un inglés, me decía desolado.

Minutos más tarde atacaba a mi primera víctima. Como era de esperar no sabía inglés. Mi decepción, camuflada entre un viento y el cielo oscuro de fondo, lograba disipar un joven que debía conocer el idioma de Shakespeare. ¡Estaba en lo cierto! Podía caminar recto por cuarenta minutos o tomar el Metro por dos estaciones (que luego serían tres). A duras penas si tenía treinta y cinco para la salida del autobús a Dupnitsa, mi primera parada transitoria, camino al teleférico de Rila. Asentí con la cabeza y aseveré que debía tomar el Metro, por la falta de tiempo. Me despedí del joven y segundos más tarde descendía las escaleras, sin saber cómo comprar el tiquete ni a donde dirigirme.

Aunque no tuve tiempo de tomar las fotos respectivas, la estación NKD del Metro de Sofía tenía su encanto. Incluso pude conocer a una familia israelí (abuelos incluidos) que luchaban con los molinetes. Entre tanto el mío se abría. ¿Era realmente el mío el que se había accionado con la presencia de mi billete? Con el asombro de la duda y la afirmación de los turistas israelíes atravesé los molinetes. La duda, aún persiste. Descender escaleras interminables y entre pasillos extensos descubría que a mano derecha las puertas se abrían y el tiempo estaba de mi lado. También notaba que serían tres las estaciones y no dos. Pasada una estación decidía sentarme. Comprobar la inteligencia en el diseño de los asientos, hizo que olvidara el frío. ¡Por fin habían pensado en las espaldas!

El sabor de la duda

Cambio con aroma a permanencia y el dolor de saber que la confusión de mi cuerpo estaba más viva que nunca. Otra vez lidiar con desconocidos que me hacían sentir un niño. ¿Había necesidad de sentirse inferior? Al menos había encontrado la estación de buses. Luego de que las jóvenes de informes me habían logrado desasnar, entendía que tendría dos minutos extras de caminata para dirigirme a la estación contigua. Justo en frente de la de autobuses, tenía la de trenes. El transporte a Dupnitsa salía de allí. Y tenía confirmado que no había nada directo a Panichiste. La verdad que no me causaba broma (juego de palabras mediante).

Gente extraña me rodeaba y nadie se dignaba a informarme dónde comprar los billetes. Entretanto el tiempo transcurría y los quince minutos extras serían de oro. Indicaciones algo ausentes y boletería de por medio, al mejor estilo NOA (noroeste argentino), descubriría la confusión reinante para el turista promedio. Aún más triste saber que el ómnibus saldría veinte o veinticinco minutos más tarde. Al salir con el tiquete en mano, la hora señalada era un minuto antes de la partida fallida.

¿Por qué había decidido tomar tanto té de manzanilla por la mañana? Los líquidos estarían más presente que los sólidos durante todo el día. Paradoja del destino. Mientras tanto me distanciaba de los transeúntes y pasajeros, para buscar el lugar propicio. Descartaba buscar algún baño que me cobrara por hacer lo más natural del mundo. ¿No debía ser yo quien exigiera un precio justo por el producto que ofrecía? La estación de trenes, casi abandonada, era una perfecta escenografía, y entre sonrisas, lograba aliviar mi penar.

Comprobar que al subir al bus era el único pasajero me daba gracia. ¿Cómo podía ser rentable un servicio tan absurdo? Agradecía que hubiese transporte con elogiosa frecuencia. Al momento de partir una señora corría y la voluntad de un chofer sonriente le otorgaba la gracia de ascender y ser mi única acompañante. Justo sentada frente mío, pasillo de por medio. Mientras notaba que mi asiento se inclinaba. En realidad cinco grados de por medio parecía alinearse con el contiguo. ¿Cómo podía ser que estuviese mínimamente inclinado hacia adelante? Carecía de importancia. A esa altura no iba a cambiar diametralmente las cosas. Estornudos constantes y mi única compañera de autobús sonreía, con un sonido que a sus oídos recitaba “nasdrovie”. Agradecí como pude con un ignorante “merci” y terminé la única interacción por las siguientes dos horas.

Cuando el silencio vale señales

Formalmente me encontraba en la estación de Dupnitsa o lo más parecido a ella. Alfabeto incomprensible que me devolvía el temor. ¿Cómo descifrar un código tan misterioso? Por suerte tenía observaciones escritas en cirílico con los nombres de los pueblos y ciudades que debía visitar. Sería de ayuda. De todos modos consultaría a las pocas personas a mi rededor. Una de ellas, pasada los setenta, con un extraño peinado y un gris intenso que alimentaba la muerte. El primer autobús en llegar, recitaba Sapareva Banya, pero estaba fuera de servicio.
Sería el segundo, el vencido. Luego de la señora el segundo en subir a un bus de lo más extraño, sería quien suscribe. Me asombraba que en cada parada se tomasen tanto tiempo. El micro de Sofía a Dupnitsa, en su primera detención, treinta y cinco minutos de su partida, me inquietaría hasta el desprecio. ¿Había necesidad de prolongar mi sufrimiento? El sobre tapizado de la duda alimentaba mi espíritu cuando el movimiento de la combie dejaba tierra y sobrevolábamos la incongruencia.

Dos jóvenes delante de mí asombradas por la ausencia del búlgaro en mi cantar, responderían que desconocían donde podía tomar el transporte a Panichiste. Continuaba la broma de la ignorancia. Ya no tenía demasiadas esperanzas. Demoras continuas me mostraban la distancia de siete grandes lagos que me hacían despreciar mi destino. Pagaba, con monedas de uno y dos centavos incluidos, mi pasaje, y descendía en el peor de mis recuerdos. El cielo continuaba gris. Con el poco blanco que anunciaba destierro caminé entre interrogantes. ¡No habían turistas! Sin víctimas de tránsito las combies se mantenían estacionadas y el precio de la mala suerte podía ser un auto ilegal que intentaba cobrar un precio irrisorio.

La enseñanza de momento:

Cuando todo parece perdido, aún quedan esperanzas

Este texto continuará en una semanas, con el desenlace de un día para el olvido…

4 thoughts on “Siete de lagos de rila o intento fallido

  1. Uffffffff!!!!!! que aventura tremenda y sin saber hablar na palabra. Solo al aguien como tu se las puede ingeniar y llegar al lugar deseado después de pasar tantas peripecias. Adelante Martu

    1. Sí, una aventura inolvidable y después de esa vinieron muchísimas más que el tiempo ni la vida, me permitirá relatar con total precisión.

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