Ayer, bajando del colectivo, me tropecé y caí estampado contra el cordón de la vereda. Tuve suerte, que a pesar de mi consumo diario de aspirinas (porque son indispensables, a mi edad, para mantener el corazón en funciones), no me desangré. Apenas si me hice unos 10 o 12 moretones, que van a quedarse unas semanas, como fiel reflejo de mi torpeza. Acertadamente sostengo que la culpa es del chofer de colectivo. No entiendo porque jamás se orillan como corresponde. Cuando entré en casa, como era de esperar, mi hija me señaló lo inútil que era. Que debía mirar un poco más donde camino. ¿Mirar dónde camino? Si cuando salí despedido del colectivo volé, ni tiempo me dieron, para dar unos benditos pasos. Ante la estúpida reprimenda, me fui a recostar sin probar bocado. Dormí con suerte 20 minutos. Lo suficiente para recuperar el apetito. Llegué a tiempo a la cocina, cuando comenzaban a servirla. Mi yerno no pudo sino comentar “usted tiene buen olfato, siempre viene en el momento justo”. Viniendo de ese hermoso rumiante, hice oídos sordos. Me senté como correspondía y comencé a contar sobre mi encuentro del día, con un grupo de jubilados. Era de esperar que nadie me oyera. De cualquier manera, a mí me importaba poco. Mi idea era solo hacer catarsis, por el simple hecho de escupir mis frustraciones adolescentes. A veces diría que niñezcas.

Al recostarme, me di cuenta que había olvidado llamar a Lito, mi compañero de tenis de los miércoles 8:30, en Villa Pueyrredón. No pude evitar soltar una maldición. Observé el reloj y me mandé no más. Total, al ser el mayor del equipo, soy un poco inimputable. Cuando me respondió, lo noté agitado. Ante mi pregunta de si estaba despierto, se sorprendió. Yo también me hubiese admirado. ¿A qué ser humano con dos dedos de frente se le ocurre preguntar esa burrada? No me contesten. Sé, a ciencia cierta, al menos al 85% de las criaturas terrenales. Humilde consuelo añejo. Su agitación, entiendo, venía de parte de su señora. Probablemente, era fragmento inmediato del regalo de cumpleaños. Una vez al año, se darían sorpresas. En fin: cumplí con mi parte. Paso seguido, recordé el año pretérito, le regalé dos pares de medias blancas. Este año, para variar, fui a la mercería. No se sorprendan amigos, compré dos pares de medias blancas, pero con un pequeño e indistinguible vivo violeta. Seguro lo desconcierto. Después de cortar el teléfono, el extrañado era yo. Las noticias de la tv no eran para menos. Volvían a hablar de las violaciones perpetradas por un cura ultra famoso. Ya habían pasado 7 u 8 años y seguía libre, y al frente de su fundación. No sabía si me sorprendía más la contradicción de su libertad o de que exhibieran una noticia que tenía olor a naftalina.

Me desperté a las 5:37 con sabor a arcaísmo. Noté que las nuevas tecnologías están al servicio de la amodernidad. Con esto, buscaba expresar mi fastidio ante la revolución comunicativa, que sigue dando los mismos pasos que en los años 50 o 60. Beethoven me hacía compañía. Mis nietos felices los 3. De todos modos, yo pienso es bueno que desde jóvenes escuchen buena música. Algún día me lo van a agradecer. Terminado no sé qué número de concierto, a causa de que mi olvido es conmemorativo, prendí el televisor. Llegué justo para las noticias de las 7. Otra vez el benedetto cura. Mis heridas no cicatrizaban. La verdad mi hija me debe querer. Con cuanta ternura que me curó la noche de los machucones. No les miento si les digo que me sentí importante. Tal vez, fue la primera oportunidad en una década, que una mujer estaba a mis pies. Tampoco puedo engañarlos, si les digo que mi hija, no es cualquier mujer. Desde pequeña siempre tuvo claro lo que quería. Entre cientas de cosas, el vil metal llevaba la delantera. No dudo que el chocolate es otro de sus fuertes. Día por medio veo como merman mis fuentes de abastecimiento. Como soy precavido compro un 30% extra para su ansiedad nocturna (aunque me los afana de día). Sin importar cuan golpeado estaba, no suspendí mis labores diarias. A las 7:55 estaba en el centro de análisis clínicos. De esa manera, fui el primero en ser atendido. Desde hace 23 años, el mismo especialista me extrae sangre. A pesar de su vocecita extremadamente afeminada, es un gran profesional. Como persona, también es excelente. Siempre recuerda mi nombre y me saluda con un abrazo. Además que me resalta lo bien que me mantengo de salud. Mi prepaga no opina lo mismo y el mes pasado, me envió un nuevo aumento. Razones infundadas, entre otras, mi edad avanzada.

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