El otro día tuve que ir al velorio de uno de los pocos compañeros de bridge que quedaban en pie. Como es costumbre, a la peana del cajón, tuve que decir unas palabras. Siempre me pongo solemne. En esta oportunidad, un poco cansado, de ser el sermoneador oficial, hice tan solo pequeñas bromas y observaciones. Me despaché con unos chistes, que creo solo agradaron al yerno. Mala señal. A esta altura del partido, no va a modificarse el resultado. Tal vez sea más relevante decirles, que la dentista, me devolvió la dentadura. Y aceitada. Para el reestreno, comí un gran bife de chorizo. La hice completa, solicitándole al camarero que lo cocinara mucho. Cuanto menos sangre hubiese, entre corte y corte, mucho mejor. Salí del restorán con sabor a victoria. Minutos más, minutos menos, me comunique con mi mecánica. Entre aplausos, le agradecí por tal suceso. Era la primera vez en 2 años, que me desquitaba de esta manera ante un trozo de carne, que no fuese picada. Sin embargo, sentí un dejo de tristeza. Después de 18 meses, percibía que nuestros caminos se distanciaban. Era probable, no vaya a verla por un gran tiempo. Siempre y cuando el pegamento y la nueva adquisición, hagan su trabajo, en conjunto. Guardo muchas esperanzas, y a la vez contradicciones. Estos son los momentos, donde no se si soy un niño o un adulto mayor. En ambos casos o dejamos los pañales o estamos prontos a volver a usarlos. La vida es no es ni una moneda, ni un túnel. Mis amigos, es una simple y estúpida rueda.

Mi nieto me preguntó, no sin cierta saña, si me sentía bien. Según él estaba hablando con Z. Será que lo escucho todos los días, hablándome de fulbo, y se me pegó su cadencia. Admiro su talento para recordar la formación de todos los equipos alrededor del globo. Con él, deportivamente, nos entendemos fenómeno. Acaso sea el único tema donde congeniamos. Con posterioridad a nuestra charla, me miré en el espejo, ante la insistencia de mi zezeo. No noté nada llamativo. Estaban todos los dientes en su lugar. No había bajas ni ausencias. Aunque sí observé un ojo en compota. Tenía una reunión grupal, y esa novedad de última hora, me inquietó en demasía. Me hizo reflexionar, que nunca es posible estar al 100%. Necesariamente siempre algo, tiene que fallar. El convite, era en el club comunal, donde asisto semanalmente. Allí concurren muchas chicas de mi edad. No podía zaherir mi orgullo. Observé detenidamente la hora, y me dije debía tomar una decisión con urgencia. Si iba a asistir, no lo haría en esas condiciones. Tomar una determinación, a mi edad, no es tan sencillo. En algunos aspectos, nos volvemos menos pragmáticos, respecto de nuestra juventud. Será que el sexo ocupa menos espacio en nuestros sesos. Es como yo digo, este es el motor esencial del universo. Sin él, no llegamos ni a fin de mes. Cuando deja de existir o disminuye, tenemos que crear nuevas metas. Desprovisto de horizonte a la vista, envejecemos exentos de rumbo inminente. No quiero preocuparlos, pero ante tamañas reflexiones me sentía confundido. Ausentarme sin aviso, no estaba entre mis planes.

Se pueden hacer muchas predicciones en mi vida. De lo que tengo franca seguridad, es que no voy a esperar por deporte. Al médico, como era sabido, no fui (aunque pago como 3 lucas de seguro). Encontré una solución magnífica y a la vuelta de la esquina. Tomé algunos maquillajes del cuarto de mi hija (ni se lo nombres). A penas si recuerdo haber leído las instrucciones de uso. Hice un hermoso y nutrido collage. Ni el más optimista entre los optimistas, hubiese salido a la calle en esas condiciones. Para hacer juego con mi cara, me coloqué un tapado draculezco. Porté una boina algo descolorida, de forma de que mi maquillaje pasara desapercibido. Con dicho atuendo presto, salí a la calle. Partí, mis muy queridos, en busca de risas, como respuesta a mí coraje. Nadie siquiera me observó. ¿Será que no valgo nada, de esta parte del mapa, para la sociedad de consumo? Bajé del colectivo entre desilusiones. Caminé al menos 3 cuadras, haciéndome el interesante. Llegué a la sede social. El hombre de seguridad me miró extrañado. Supuse sería por mi atuendo, así que continué sin disimulo. Entré y me dirigí al salón de actividades. No había nadie. Ahí recordé que habían suspendido la reunión. Rememore, asimismo, que debía comprarme una libreta. Y con el ego algo vituperado, regresé a casa.

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