No sé si les conté pero mi nieto del medio (aunque es difícil que entiendan cuál de todos los del medio), Jorge, es muy bueno para los deportes. El otro día salió segundo en una competencia de natación. Andaba desilusionado, porque el padre le anda diciendo que solo los primeros son exitosos. No entiendo, sinceramente, para qué demonios los frustra de niños. Ya van a tener tiempo menudo para desgraciarse. Para mí el en el agua, es como un delfín. Que digo delfín, es un tiburón. O tal vez, una ballena. Bueno, quizá esté exagerando. ¿Pero los abuelos no venimos al mundo para eso? Si fuese el padre, diría es mojarrita. La comparación con Willy, supongo la hago, porque el muy pobre, es rehén en esa casa. Y por otra parte, es una especie en extinción. Si ustedes vieran que alma más dulce, puebla ese pequeño cuerpo, pedirían adoptarlo. Le harían un gran favor. De todos modos, entre tantas ocupaciones que tengo olvidé mencionar que estuve de nuevo en la dentista. No van 2 minutos de consulta, que se me inunda el babero. Sucede que mí doctora, tenía un escote más pronunciado que de costumbre. Ni que hablar, de las mil y un excusas que le busque a la ricura, para que se diera la vuelta. Pierdo el pelo. Claramente solo el pelo, porque por lo otro, las conservo todas.

 

Al salir de la consulta, tenía la presión alta. No tuve otra opción que ir a la farmacia. Era eso o comprarme una hamburguesa en restorán de comida rápida. Prefiero dejar ese placer divino, para el momento del estudio de fuerza (1 o 2 veces al año mí cardiólogo me sube a la bicicleta y pedaleo que da calambre). Ese examen es un pequeño obstáculo. Diariamente me someto a 4 o 5 minutos de pedaleo fijo. Siempre en ayunas y con posterioridad a mis abdominales y flexiones varias, acostado en la cama. Soy un todo terreno, mis queridos amigos. Modelos como estos ya no quedan, ni en tiendas de antigüedades. Entonces entro a la farmacia. Saco un número para atención en enfermería. Al darme cuenta tengo 20 personas delante, finjo un desmayo. Me socorren 8 o 9 personas. En buena hora que era una ficción. Si hubiese sido verás, me matan de sofocamiento. Para que me no me envíen al hospital o clínica más cercana, recobro el conocimiento con prontitud. Enseguida manifiesto que debo tomarme la presión. Nadie se me niega. 3 minutos más tarde: 7-5. Como el partido del domingo. Ganamos por ajustado margen, pero cabe señalar que mi coequiper, era de los menos talentosos. En pocas palabras, me puse el equipo al hombro, y salí victorioso.

 

Mi presión, estaba bajísima. Una relación mínima máxima alarmante. Querían que me internase. Nuevamente mi capacidad resolutiva, a la orden del día. En pocas palabras, para que no notaran mi actuación, pedí algo de comer ligero. Esperaba una galleta salada o bizcochitos de grasa (como los que mi hija me prohíbe comer) y a cambio me trajeron un revuelto gramajo. Dijeron que eso tenía sal y grasas necesarias para mi cuerpo. No faltó quien dijera que me tenían desnutrido. Lo de la desnutrición, es producto de haber dejado la dentadura, en lo de mi odontóloga. Eso me hizo perder peso. Más tarde que temprano acabé mi almuerzo y regresé casa. No sin antes revisar mi reloj 14 veces. Sentía me estaba olvidando de algo. Recordé la constante incitación a comprarme una libretita, por parte de mi dulce retoño (codiciosa heredera). Pensé por apenas medio segundo, quizá esté en lo cierto, pero pensamiento seguido olvidé certeza de que. Crucé la luz en rojo, para no perder tiempo. Además no me gusta exponerme al sol en demasía. Siempre le digo a mi nieto, que estar al sol por mero placer, es un pecado mortal. Obviamente hace oídos sordos. Será que me devuelve un poco de lo que recibe semanalmente, cuando me habla de algún tema, y ni le oigo de que. Por fin entro a casa, sin necesidad de almorzar y presto para una siesta de 40 minutos, antes de seguir el ruedo diario.

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