Queridos amigos y amigas: comenzando un nuevo año, nos permitimos dar nacimiento a un hermoso personaje, que será parte de nuestro proyecto de encuentro intergeneracional. El proyecto, se abre a la letras, y con esto esperamos contar también con vuestro aporte. Mientras tanto, bienvenido a nuestro abuelo, que nos dice:


Relatos descoloridos de alcoba I

Me tendió la mano, en señal de ayuda. Sonreí agradecido. No podía creer la amabilidad de la gente que me rodeaba. A toda hora, en todo lugar, estaban prestos a auxiliar. Caminé aletargadamente, como yendo a ninguna parte. Era una costumbre, a mis 85 años. Cuanto más veloz caminaba (si puede llamarse raudo a algo que hago a mi edad), más complicado me era recordar donde había dejado las cosas. En lugar de comprarme una libreta (como me había recomendado mi hija), era mejor caminar tortugesmente. ¿Quién necesita ser remplazado por una libreta de 48 páginas, en cuyas folias es imposible reconocer las letras? (salvo comprando alguna lupa mágica en el Tren Mitre). Sobrevolé dichos pensamientos, y continué caminando con mi lentitud característica. Sin embargo olvidé ir a almorzar a las 12, a casa de Juan, mi amigo de los martes. Me enteré de mi ausencia a las 21, cuando regresé a casa. Al no tener celular (en realidad tengo uno que perdí en algún saco de antaño, hace 6 o 7 meses, ya ni recuerdo), comprendí que estaba “fuera de onda”. Grupo de guastap para mi es algún conjunto de música de los que escuchan mis adolescenticos nietos. En fin, me perdí un filete de pescado con papas doradas, que ni les cuento. Pescados como esos no tengo la oportunidad de comer en casa. Además en lo de Juan, su señora (no sé si es la segunda, tercera o cuarta), hace una salsa a base de manteca (bueno intuyo eso por el sabor, aunque mis papilas gustativas, a estas alturas no son una arma muy efectiva).

A las 21, cuando entré a casa (20:52 para ser más exacto), mi hija me miró con cara de pocos amigos. Debí darle explicaciones de porque llegaba “tan tarde”. Me pareció algo ilógico que fuese yo, quien tuviese que dar justificaciones, de mi hora de regreso. Levanté la mano derecha, por sobre mis hombros, agitándola, en señal de “anda a cagar”. Retirándome con disgusto, corrí (es una metáfora salvajez) hacia mi dormitorio. Cerré la puerta con voluntad herculesca. Encendí la tv y me puse a ver la repetición de algún partido de la chempions lig. Era de hace 1 o 2 días, pero pedí a mis nietos que no me contasen como había terminado. A mí me gusta sentir que cuando veo el partido, estoy en el estadio. Si no conozco el desenlace, poco me importa si es de hace 60 primaveras. Eso es lo bueno con partidos de hace unos años (o meses), porque puedo reverlos y ni enterado que alguna vez sucedió. Jugaba el Barça contra el Bayern. Bueno, mi televisor tiene 42 años y pocos colores. Presentí eran esos los equipos. Posiblemente mi presentimiento estuviese errado. Poco me inquietaba, ya que el futbol que veía me chiflaba. Mañana podría comprobar quienes jugaban, en las páginas deportivas, de un diario prestado. Normalmente, iba al quiosco de diarios de la esquina. Haberme hecho amigo del dueño, era un beneficio exitoso entre canas. Hablábamos un poco de deporte. Me reiteraba lo bien que me conservaba de salud. Y entre palabra y palabra, le ojeaba todos los cotidianos. A veces mi genialidad es insuperable. Le dicen “viveza criolla”. Yo le llamo picardía o mejor dicho intelectualidad negociativa. Nombre marquetinero si los hay. Me adapto al siglo 21, como si no hubiese nacido en el 19.

Apagué el televisor. Me encaminé a la cocina, no sin antes tomar mi bolsa de agua caliente. Tenía que llenarla para estar templado durante la noche. En el camino me tropecé con un banquito que había dejado mi yerno. No me reventé la pierna, porque a la velocidad que iba era imposible que sucediese tal cosa. No quise decir nada, de la infortunada posición de tal mobiliario. Si hubiese hecho alguna observación, la respuesta hubiese sido que debía prender la luz. Total ellos no valoran lo costosas que están las cosas. El mes pasado pague un 60% de aumento. Luego dicen que la inflación es un cuento chino. Es cierto, que en los países vecinos, pagan entre 200 y 350% más que aquí. De todos modos a mí me gusta quejarme. Las comparaciones internacionales no me gustan. Prefiero las interpersonales. De esa forma siempre salgo ganando con mis quejas. Sino a estas alturas todo me vendría regalado. Creo bien ganadas me tengo las protestas. No son infundadas luego de 72 años de inmigración. Eso más que derecho de piso, es derecho de la tierra a marte. A mí nadie me regaló nada. Todo lo conseguí con sangre, sudor y astucia. Soy hábil hasta para colarme en los supermercados. Con las excusa de la edad y los pocos productos que compro (en general porque la jubilación no alcanza, ni para un buen whisky importado, y unos fiambres españoles de primerísima calidad), nadie puede resistirse a mi cara de perro mojado. Después mis hijos me dicen que soy algo inútil. ¿Acaso ellos consiguen demorar 10 minutos en el supermercado, en plena hora pico? Me río en sus caras, con liviano disimulo. 1-0. Y no es la primera vez que llevo la delantera.

Llegué a la cocina. Pregunté que había de comer. Mi hija lavaba los platos. Observó refunfuñando que mi bata estaba sucia. Ni siquiera me saludó. ¿Cuánto le costaba decirme buenas noches? Ya sé que por las noches siempre llueve. El lavarropas rebalsa de ropa. La heladera pierde agua. El baño está tapado. La pared del living descascarada. Los vecinos hacen ruido con las baterías (así creo le dicen a las guitarras eléctricas). El bebé del quinto piso, no deja de llorar para que le den la teta (sucede que el marido siempre gana la partida). Y yo no puedo recibir unas buenas noches. A cambio me responde que la cocina está cerrada. Entiendo no sea un restaurante. También pido me comprendan. Soy una persona ocupada. A toda hora tengo actividades. Desde visitar a los dentistas. Hasta algún grupo de mujeres con pelucas, vestidos descoloridos y olor a naftalina. Soy un experto en relaciones públicas. No hay mujer que se me resista. Si no fuese porque no quiero regalar dinero a señoras oportunistas, ya estaría coqueteando a una cuarentona. Mi sexualidad, todavía, está por las nubes. Debería tomarme un avión para ir a su encuentro. De todos modos no permitiría tener que masticar chicle, para evitar que se me tapen los oídos. Puedo perder los dientes nuevos, que no están del todo adheridos a mis encías (en realidad encías ya no me quedan, pero simulo que da calambre). Mi ortodontista (la verdad tiene nalgas irresistibles y una sonrisa Colgate que ni les cuento), me dice que voy bien con el tratamiento de conducto. A estas alturas me parece voy a ir a un electricista. No me cabe dudas, él podría hacer un mejor trabajo. Si se trata de conexiones, esa sería la mejor idea.

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