Relatos Descoloridos de Alcoba

otra vez se instala entre nosotros, con entregas mensuales o cada tres semanas, para contar más historias del emblemático abuelito. Sé que paso probablemente más de un mes. Se hizo esperar, ¿verdad? Esta vez se agarra un gran resfriado, pero hace de las suyas para escaparle a la cama, y mantenerse en la rutina.

¡QUE NADIE NOS QUITE LO BAILADO!

Me agarré una gripe que ni les digo. Comenzó, una semana atrás, con agua en la nariz. No salía de mi intensa alergia. Ningún antihistamínico me ayudaba a recuperarme. El carnaval de estornudos, se hacía sentir en todo el barrio. Como por estos lares, se acostumbra a malgastar recursos naturales, todo el mundo vive con el aire acondicionado encendido. Ni que hablar, mis nietos. Son la generación de derrochistas por excelencia. Una cosa lleva a la otra. Entonces una pequeña alergia (de la que soy víctima casi toda una vida), se transformó en influenza. Mi hija me pedía vaya al doctor. De veras no soy tan estúpido, para no poder darme cuenta que tengo un resfriado de aquí a la China. Para no mostrar que lo sé todo mejor, fui al matasanos. Diagnóstico confirmado. No les miento que me asusté cuando escuche la palabra “orto” y no sé qué más. Pensé que iba a ser sacrificado. El doctor me reitero que no me asustase. Era orthomyxoviridae. En palabras comprensibles: gripe de clase B. Como dolores musculares tengo por antonomasia, no le di mayor relevancia. Hace tres días estoy en cama. No digan nada a mi hija, pero en estos momentos me levanté. Peor aún, me dispongo a salir a hacer las compras. Más tarde un partido de bridge. Antes de que mi familia regrese, estaré de vuelta en la cama. ¿Qué quieren que les diga? Yo en la cancha, me siento siempre como un campeón. Si mi niña se entera, me mata. La vez pasada, pegó el grito en el cielo. Dice que no estaba del todo recuperado, y sin embargo había ido al club.

Tengo una emoción que ni les cuento. Jorge, por fin salió primero en una competencia. Ya empieza a seguirme los pasos. Posta 4×400. Ni se imaginan como pude haberme sentido. Por suerte estaba en el estadio. Fue uno o dos días antes, que cayera en desgracia. No haberme perdido ese espectáculo, me dio una alegría inexplicable. El chico estaba feliz. Saltaba en una pata. Ni que hablar de su padre. Ahora lo lleva adelante en el auto. Parece que comenzó a valorarlo. Va a durar, hasta que vuelva al segundo puesto. Ahí mi hija vuelve a ser copiloto. Somos exitistas los seres humanos. En este país, mucho más. Valemos nuestros resultados. Deberían enseñarnos, que lo más importante es ser buenas personas. Por el resto, poco importa. Anelise siempre les recalcaba eso a mis hijos. Por algo crecieron sanos, fuertes e inteligentes. El tiempo los degeneró un poco. Probablemente en esto, sea más que culpable. No pude seguir ocupándome como lo hacía mi señora. Ella tenía una fuerza de voluntad que ni les cuento. Tal vez sea mi cobardía. Un poco me cuesta mostrarme vulnerable. Soy el modelo y ejemplo, de una familia entera. No me quejo. Hay días que si me tratan como persona. Son pocos, pero los disfruto. La última vez que estuve fuera, fuimos a tomar café a una confitería, con mi amiga. Cuando vi la cuenta, casi me quiero pegar un tiro. Un té, un café y una porción de torta compartida. Me hacía dos compras de fruta en el supermercado. Linda manera de despilfarrar dinero. Mi chicha se sentía contentísima. Desde hace tres meses que no salíamos a una cafetería. Hemos ido mientras tanto a restoranes. Como ella no sale mucho de casa, entonces frecuentamos (gracias a dios y todos los santos, que no tenemos la desgraciada posibilidad de salir todos los días) estos antros de perdición de dinero, una vez cada tres semanas. Si fuese por ella, y contra mi voluntad, estaríamos tres o cuatro veces por semana, encerrados tomando cafecito.

Para colmo de males, mi amiga se le volvió a esguinzar el pie. Le dije que hasta que no se lo revise, y encuentre la razón de tantos esguinces, no me quedo con ella un fin de semana. Esto de perderme tenis en vano, no me da mucha gracia. Además yo le advertí que algo no andaba bien. No es un playmobil para estar desarmándose todas las semanas. Ahora podemos decir, con profundo orgullo, que somos un hospital. No voy a verla, para no contagiarla. A la pobre lo único que le falta es engriparse. No tiene veinte años para jugar con fuego. Mientras tanto me miro el fulbo de medio mundo. Ni que hablar del tenis. Ahora el que esta con todo es Djokovic. Hace siete torneos que no pierde un partido. Si no me equivoco 40 victorias al hilo. Ya saben mi predilección por Federer. De todos modos lo veo cada día más pronto a su retiro. No dejo de disfrutar lo que hacen con esas raquetas. Súper talentos. Cuando mi nieto gano la 4×400, me recordó a mi juventud. Éramos campeones de posta 4×400. Una única vez, en el año 64, salimos segundos. Fatídico año 64. Perdí finales de doble en tenis. Fui derrotado en singles. No ganamos el campeonato de fútbol (por primera vez salimos cuartos). Me hace daño remembrar esa temporada. Por fortuna, al año siguiente revertimos todas nuestras desventuras. Probablemente ciertas dificultades económicas, nos pesaron bastante. La recuperación en el siguiente lustro, no tuvo parangón. Me colgué cientos de medallas. Dolían las manos de levantar tantos trofeos. Parece que la gripe, cede terreno. No era más que algo psicológico. Tan pronto evoqué esos sucesos, sentí más fuerzas. Ya puedo salir a hacer compras, y alistarme para una partida de intenso bridge con los muchachos.

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