Relatos descoloridos de alcoba

y un nuevo capítulo donde el abuelo no se pierde de marcar diferencias generacionales…. Ahora los fracasos deportivos de su nieto Jorge y las tiendas modernas con el insoportable tuteo a la orden del día. No dejes de leer un relato muy actual y simpático que ya es una zaga.

Finalmente llegaron mis cartas de hace dos meses y medio. En realidad arribaron hace un mes, pero las respuestas, no estuvieron en mis manos hace apenas días. El placer de tener una por responder en mis manos, difícilmente tenga equiparación. Yo soy de la generación de los que nos alegramos con pocas cosas. Si nos dispensan una palabra de cariño, nos sentimos en el cielo. Un abrazo alcanzaba para impulsarnos hacía las nubes. No eramos mentes tan complejas, como las actuales generaciones. Parecería ser que la tan mentada revolución de las tecnologías, hizo añicos a las personas. Mirarse a la cara, en la contemporaneidad, es la mayor de las ofensas. Tan solo pensarlo me genera repulsión. A lo que hemos llegad: inconformismo y malos tratos a la orden del día. Leo en las páginas de un diario, hasta el hartazgo, la palabra feminicidio. Indudablemente, tuve que perfeccionarme en esta lengua, que la inmigración supo darme. Imposible comprender como puede haber tanta aberración en el mundo nuevo. Para mis nietos y sus congéneres, es inviable sobrecogerse por algo. Será que la ciencia del 4D, ha dejado marchita la imaginación. Pensar era nuestro bien más preciado. Pude ser astronauta en la luna, tanto como director de orquesta en la Opera de Roma. No necesitaba ipod o consolas de juegos. Con un par de naipes, hacía desastres. De esa forma, ahora frente a una partida de barajas, soy siempre el number one.

Mi nieto, Jorge, volvió a salir segundo. Esta vez en atletismo. Que deporte más exquisito. Me remonta a mis tiempos mozos. No hubo competencia en la que no obtuviese trofeo. Éramos los mejores en todas las disciplinas, exceptuando básquet. Con mi metro y medio, difícilmente hubiese podido triunfar en dicho deporte. Aún conservo cientos de diplomas y medallas. Trato de no observarlos, para no deprimirme ante el espejo. ¿Qué quedó de aquel Federer o Messi? No hace falta me contesten. El mayor de los niños, me dice que no engorde, pero sin embargo se me cayeron todos los músculos, debido a mi edad. Estos días, complicado encontrar seres tan dulces. Te escupen en la cara las peores aberraciones sin siquiera sentir culpa. Pecado más profundo, la irreverencia. No recuerdo la última vez que no me faltaron el respeto. Ni que hablar, entrar a una tienda, y que te tuteen. Me revuelve el estómago esa cercanía. No tienen un poco de consideración, por los que fuimos héroes supremos, allá a lo lejos. Empiezan con “don” o “señor”, y paso seguido, el horrendo tuteo. Yo quiero conservar la distancia. Que tupé tienen los jóvenes. Si hubiese tenido el atrevimiento de tutear a mis mayores, hace 60 años, me hubieran devuelto un tremendo tortazo. En estos días entré a una tienda de electrodomésticos. Buscaba una nueva radio. La que tengo esta algo deteriorada. No puedo estar sin escuchar las noticas de las seis de la mañana. Sin mis conciertos eternos, a cualquier hora del día. En especial si es sábado lluvioso. Desde que ingresé al negocio, el acercamiento fue exponencial. Siempre con el “que deseas señor”. Me huele a franca contradicción. Este escenario, hizo que no deseara nada, y huyera despavorido a otro comercio.

Con tantos enredos en mi vida, pasé por alto, mi yerno reanudo sus críticas a Jorgito. Una especie de humillación frente a su madre, sus hermanos y sus primos. Una vez más lo ridiculizo. Dio ejemplos patéticos una y otra vez, que acababan con una alusión a su nuevo subcampeonato. Ahora, el muy desgraciado, cree que debe hacer cualquier cosa, por el primer puesto. Puede llegar a caer muy bajo, ante tal circunstancia. Van degenerando uno a uno, a mis queridos retoños. Antes solo el mayor era un extorsionador en potencia. En estos momentos, tan solo los menores, aún no han sido pervertidos. Como buen abuelo, le hablé al Jorgito. Le dije que no se pusiera mal. Que yo lo quiero y lo admiro. Gracias a él, vuelvo a revivir hermosos pasajes de mi vida. A veces lo engaño, fingiendo “fracasos” deportivos. Eso nos acerca. Asimismo le da seguridad. Estoy seguro la próxima vez que el malnacido del padre, le vuelva a tomar el pelo, este se le va a despechar con alguna contestación desdeñosa. Yo le voy a festejar su osadía. No hay que dejarse pisar por nadie, ni por nuestros progenitores. De todos modos, hay que mantener las formalidades. Reitero que a mí el tuteo, me incomoda. En el segundo establecimiento, se repitió la secuencia. Salí en menos de lo que canta un gallo, con cara de pocos amigos. No bajé los brazos y me dirigí al tercero. Esta vez, con mayor astucia, no dejé que me ayudaran. Ante la menor intención de saludo, los alejé con un preciso movimiento de manos. Finalmente no compré una radio nueva, pero me permití salir de un local, sin ser tuteado.

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