Relatos Descoloridos de Alcoba

vuelve después de mes y medio para contar más historias del emblemático abuelito. En esta oportunidad las nuevas tecnologías son un problema y gran desconocimiento. Entre la confusión y lo anticuado del pensamiento octogenario podemos reírnos en menos de 900 palabras. Y una crítica al amor en tiempos modernos que pasa a ser casi líquido.

¡QUE NADIE NOS QUITE LO BAILADO!

Hace unos días me enteré que el ese eme ese no era una oficina burocrática. Ni se imaginan la vergüenza que sentí. Eso sucede porque nunca me tienen paciencia de explicar las cosas. Tan solo dedicándome unos minutos, de tranquilidad, podría entender con total claridad los adelantos de la ciencia. A la vista está que mis descendientes no están a la altura de las circunstancias. Me deben ver como una carga. Podríamos vivir tan felices. Yo, de ningún modo, soy un estorbo. Si verdaderamente me creen un problema, no tengo inconveniente en irme a vivir a un hogar. Sucede que no tienen la valentía de hablarme de frente. Mientras tanto tuvimos un casorio (así le dicen acá a los casamientos). La hija de una de las amigas de mis hijos, se casaba con un muchacho que conoció por internet. Mi asombró fue astral. A mi edad, casi todo lo que es un poco fuera de lo común, se asimila a lo cósmico. Aún no me explico cómo gente puede conocerse por medio de la tecnología. ¿Será que toman café por medio de las cámaras portátiles de la computadora? ¿Cómo se producen las invitaciones? Para mí son misterios casi arqueológicos. Mi mente, que a veces piensa en varias dimensiones, se imagina que ahora los “cuernos”, también pueden ser virtuales. Mi nieto me cuenta que también hay erotismo en las redes. Se me revuelve el estómago y las tripas, de tan solo pensarlo. No me entra en la cabeza la degeneración social de la que somos parte. Para mí estoy cada día quedándome más en el tiempo. En cualquier momento entraré francamente en desuso. Eso me recuerda que mi televisor comienza a fallar un poco. Me niego a comprarme uno nuevo. Los electrodomésticos modernos son hechos de papel. Al menor uso, hay que buscar uno nuevo. Es igual que el amor posmoderno. Totalmente líquido. Solido no quedan ni mis huesos.

En la boda, bailé con cuanta mujer encontré. Soy un maestro de la danza. Sobre todo los valses. Me hacen recordar a Anelise. Bailábamos toda la noche. Como me gustaba zapatear cheek to cheek. No me piensen degenerado. Era algo clásico en mis tiempos “mozos”. Tan bellos recuerdos. Lustrábamos la pista. Nos sentíamos cual Fred Astaire y Ginger Rogers. Filmes como esos, no existen. Toma única. Cámara casi estática. Danza de primera. Mucha sutileza. Cuanto swing. Francamente aprendí mucho empíricamente. Tal es así, que todos me elogian mis cualidades artísticas. Pude ser actor de holywood. Caí en el país equivocado. Aquí cuanto menos ingenio se tiene, más posibilidades de triunfo. La capacidad par excellence es el engaño. Me recuerda, en las noticias matinales, vi que usurparon viviendas. ¿Se puede caer más bajo? La astucia o perspicacia, ahora han devenido en principales enemigos sociales. Como mi nieto mayor, que me habla de la viveza de los estafadores. Todos le recalcan que es un joven muy despierto. Así a todas luces, va a seguir timando a quienes lo rodean. Yo ni la dentadura, me quito delante de él. Corro peligro de que la ponga en el mercado. Mejor refrescar el menú del desposorio. Mucho pescado. Salvo arenque ahumado, que me recuerda a mi niñez, no puedo ni verlo. De la entrada, salvo empanaditas con carne, rechacé todo lo que paso frente mío. Ahora sí, me bebí unos cinco o seis vasos de coca. Dicen que no es buena para la salud. A mí, que quieren que les diga, me ayuda enormemente con la digestión.

Entrada, también con salmón o calamares. Debería volverme vegano como uno de mis sobrinos. Fue uno de los precursores del movimiento en pro de los animales, entrado los años 60 y tanto. Viendo los sucesos gastronómicos, me levanté de la mesa y le pregunte a mi hija, si habría algo para mí. La duda era más que nada, para saber si existiría posibilidad, de comer algo a mi vuelta a casa. Ni les reproduzco la respuesta. Dijo que era un malcriado. Para ella debería ser más abierto a los manjares culinarios. Para mí la regla de oro es que lo verde, mejor si se pierde. Lo oloroso que quede en reposo. Si es picante, no se levante. Muy jugoso, me pone rabioso. Si hay mucha verdura, por nada me cura. Cuanto más condimentado, mantenerse alejado. Crucé los dedos y me encomendé al tata. En esos momentos, intenté no ser nietzscheano. Plato principal pastas. No surtieron efecto mis plegarias. Moría por un jugoso churrasco. Comí los gnocchi con desgano. Eran un mazacote. La salsa extremadamente sazonada. Al tiempo que maldecía, observé en otras mesas, invitados atacando una ternera. Me indigné de tal modo. El garzón, contempló mis suplicas y en menos de cinco minutos, vino con mi regalo más preciado. Bife con papas rejilla. Comencé a levitar, bocado a bocado. Luego de tamaña alegría, valsé con mayor algarabía. Tal fue el éxito del plato principal, que recibí el premio al mejor bailarín de la noche. Por primera vez mis hijos se sintieron orgullosos. Nadie más recibiría galardón alguno. A mí me sirvió para llegar a la mesa dulce como un campeón. Ninguno de mis sucesores, emitió comentario. No hubo torta que no degustara. Esta mañana amanecí descompuesto, por tercera vez en un mes. Eso sí, ahora, nadie me quita lo bailado.

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