Relatos descoloridos de alcoba

nos trae una nueva aventura. Ahora el clima que tiene a maltrear a nuestro abuelito, que debe quedarse mucho tiempo encerrado. Disfruten de una lectura cómica y ácida al mismo tiempo…

La segunda vez, en menos de una semana, que no me dejan comida en casa. No me quedó otra que comprar afuera. Decidirme no fue difícil. Un súper pancho, de esos que se solo ven en las películas. Casi no pude terminarlo. Nunca puedo entender porque las porciones fuera, son tan grandes. En nuestra morada, por lo general son la mitad. En un restorán o fast food, como dos vez, de un solo plato. Fiel a su espíritu criticón, mi hija más chica, dice que tiene relación directa con el precio. ¿A caso yo no pago la comida en casa? Claro lo hago. Y con creces. Parece que nunca están conformes con mi parte. Está bien en claro, que a mi edad, es difícil cambiar o mejorarse. Ellos, por lo visto, francamente no hacen mucho por superarse. Soy yo el que tiene realizar todo. Al fin y al cabo, soy el origen absoluto, de la completitud de las cosas, que acontecen en mi vida. Frase más obvia no podía elaborar. Aparentemente perdí mi originalidad. Sucede que el sinfín de partidos que estuve viendo los últimos diez o quince días (no sólo de fulbo, también tenis y básquet), no tiene parangón. Federer volvió a ganar en pasto. Mi alegría no podía ser mayor. No solo es un señor en la cancha, sino un súper talento como yo. Mientras tanto el club de mis amores, en franca caída. En el fútbol europeo pasa lo mismo. Ya no sé si dejar la tv encendida, es una alegría o un sufrimiento. No podría tener más mala suerte. Estoy al borde de la depresión deportiva.

Otro fin de semana de lluvias. Todo el septenio, sol radiante. Temperaturas que oscilaban los 25-30 grados. Estrepitosamente los viernes a la noche, el tata, tiene como designio fraguar la conclusión de la hebdómada. Que desgracia. Ni el de arriba esta gustoso de verme feliz. Mi chica sonríe. Dos días voy a ser su amante. Va a poder sacarme el jugo, flanco a flanco. Por mi parte, extremo a extremo, al borde de sentirme en el precipicio. Empecé sin comida, terminé sin tenis. Si esos no son los peores siete días, en la historia del hombre, no sé qué son. Ahora toca improvisar. Muchos conciertos y algo de deporte, cuando mi actual señora, este junto a Morfeo. Un plan por lejos aburrido. Ni siquiera tengo la esperanza de salir de su casa. Si lo hacemos, es ir a tomar un café, al restorán de la esquina. Realmente, no está entre mis deseos. Veo en ello, un derroche de dinero, inusitadamente criminal. No estoy hecho para esas cosas. Llegamos a estas tierras sin un centavo. No porque ahora tenga un pasar económico “digno”, voy a tirar manteca al techo. Mi yerno (el marido de la menor), acabo un paquete de 200 gramos en tan solo ocho días. Ese orangután bate todo los records. Ni que hablar, que en el cumpleaños de hace dos semanas, comió que da calambre. Luego me dice que él no es amante de lo dulce. Tiene razón. Si de salado se habla, no cierra nunca el buche. Debe tener la mejor marca en 100 metros salobres. Eso sí, se fija en cada dentellada mía. Será que no tiene espejo, el muy desdichado. Vamos a regalarle uno, para su próximo aniversario. Es eso o unos buenos lentes. Le iría muy bien como crítico gastronómico. Combinaría excelentemente sus dos grandes hobbies. Por mi parte, sé perfectamente como ocupar mi ocio platónico. Poca gente de mi edad lo hace de mejor manera.

Tocan a la puerta. Corro desesperadamente. No sé por qué siempre tengo tanto apuro. En la corrida, me tropiezo. Otra colección de moretones. Para colmo era correo para mi nieto. Estaba en casa, pero hizo oído sordo cuando sonó el timbre. Acá se creen que soy el empleado. A mis ocho décadas, tengo que ser el emisario de los más jóvenes. Ahora ven que mis quejas son bien fundadas. Las tengo más que merecidas. Todos los días, atiendo el teléfono. Soy el telefonista de la familia. Pasa incluso cuando visito a mis otros hijos. Debe ser uno de mis tantos karmas. No me enojo, hemos venido a esta vida para aprender. Como el Juancito (el nieto que le sigue al Benja), que tuvo que rendir materias previas, en sus vacaciones de invierno. El pobre no es un adepto a los libros. Se llevó materias todos los años. Ya le dije que tiene que aprovechar más la escuela. Cuantos hubiésemos querido tener la oportunidad de completar nuestros estudios. A decir verdad, para mí el colegio era un verdadero relajo. Sufría como condenado. No me destacaba mucho, en mis pocos años de estudio. No porque no fuese inteligente, sino porque prefería estar libre. Para mí no hay valor más preciado que la libertad. Les dije mil veces a mis nietos, que no debían ser tan críticos de los Estados Unidos. Esa estatua refleja los deseos de miles de personas. Allí si se puede decir lo que piensan. Por estos lares, somos siempre rehenes. A mí me da miedo a veces siquiera manifestar mis opiniones. Hemos llegado a ser prisioneros, hasta en nuestras cuatro paredes. Ni hablar, de que ya casi no se puede salir a la calle. Si no te roban te matan. A veces no sé qué es peor. Hablando de eso, olvidé que tenía que despachar una carta, antes de mediodía. Mejor salgo corriendo, antes que me cierre, y mi fin de semana comience, tan mal, como se iniciaron estos siete oscuros días.

5 thoughts on “Relatos descoloridos de alcoba VIII

  1. Como gozo con tus historias, sos un talento neto y nos describes entre líneas tan fielmente. Genial

    1. Muchas gracias. Una alegría el goce de nuestros lectores, a partir de una ficción que refleja el día a día de nuestros abuelos.

Coméntanos...