Relatos descoloridos de alcoba

… está de nuevo entre nosotros. Luego de la visita del primo Fritz, a nuestro querido abuelito, se vino el gran asado y un merecido descanso ¡Buena lectura!

La cena con Fritz y mi familia fue un verdadero suceso. Me despaché con un bife de chorizo y papa fritas a caballo. No me podía sentir más campeón. Mi hija, por supuesto, refunfuñaba ante cada bocado. Joder, no le gusta verme feliz. Si sabía que al llegar a casa me tomaría una pastillita y san se acabó. Pero ella, es testaruda. Sin dudas salió a la madre. Dios te tenga en la gloria Anelise. Que mujer más imponente. Nada que envidiarle a Brigitte Bardot o Sofia Loren. Me sentía en el paraíso, cada vez que le tomaba la mano. Y era tan solo el comienzo. Como la entrada de matambre relleno y ensalada rusa, con anterioridad a la vaquillona. Para hacerla en grande, un mousse de chocolate, fue la frutilla (valga la contradicción metafórica). Salimos del restorán rodando. Sobre todo mi yerno. Desde hace vienticinco años, que luce una panza monumental. Vive diciendo que come sano. Yo cuento los mantecoles semanales. Las botellas de cola. Ni hablar de los panes con manteca. ¿Si eso es cuidarse, qué sería maltratarse nutritivamente? No me contesten. Se niega a subirse a la balanza. Lo mismo que mi hija del medio, su dulce cónyuge. Parecería ser que yo soy el único de la familia que sigue en línea. Hago deporte. Como sano. Hasta me cuido con las mujeres.

Esta mañana me desperté descompuesto. A mi hija no le dije nada. Ella me echaría en cara, mi ingesta de azúcar en demasía. Sumada a la cantidad de grasa saturada. A esta edad, deberían dejarnos tranquilo. Ya pasé tantas, que me debo una alegría. Eso me da pie a contarles que el bife me movió una muela. Ahora tengo la excusa perfecta para volver a mi dentista. Nadie me entendía la alegría al saber que mi muela estaba dañada. Pensándolo bien, cuando vea la cuenta del arreglo, se me va a borrar la sonrisa. Otro motivo de felicidad fue el finde (así le dicen ahora al sábado y el domingo). Me mandé un clavado que ni Ian Thorpe (valga nuevamente la contradicción) me superaba. Nadé por unos cuarenta minutos. Previamente había jugado dos sets (el calor excesivo no permitió que pudiéramos jugar el tercero). Ganamos los dos. El primero 7-6 y el segundo 6-2. El slice que me mande en el octavo juego del primer set, memorable. Si no recibí aplausos, fue porque a esa hora, las tribunas estaban vacías. Vacío lo que puso mi yerno al asador. Como es regla, no pude comer más de un chorizo. Parecería ser que no entienden que a mí la carne picada me hace bien a la salud. Además no hace falta masticar. Por ende, me hace bien al bolsillo.

Después de la merecida siesta (en realidad no sé qué tan ganada me la tenía, porque no hice mucho), jugué a las cartas. Sin mucho despeinarme, gané dos partidas. Lo suficiente para asistir a una mesa dulce exquisita. Cumplía años el nieto de una compañera de baile de mi niña. dos brownies, una de queso, dos de manzana y otra de nuez, fueron a parar a mi estómago. Ese coctel, indefectiblemente también contribuyó a mi descompostura. Así que mi desayuno fue tecito y galletitas con queso. Para almorzar, mi hija me había dejado hamburguesas caseras con puré. Como no me puedo abstener a la carne molida, comí con deleite. Papá decía que si uno come algo que le gusta, nunca puede caerle mal. Él podía estar mal de la panza, que se deglutía una porción de papas fritas bien aceitosas. Como las papas de antes, no hay. Ahora son secas. Sobre cocinadas. De hecho es poca la comida que me recuerda a mi niñez. Ocurre que a la distancia, imposible recordar algo. El gran Sábato, lo decía con una lucidez desmedida: “la frase todo tiempo pasado fue mejor, no indica que antes no sucedieran cosas malas, sino que (felizmente) las echamos en el olvido”. Clap, clap troesma (me encanta usar esos modismos para parecer menos inmigrante). Años de inmigración, y aún sigo leyendo y comunicándome en mi lengua materna. A decir verdad, la lengua del Quijote y yo, nunca fuimos ni seremos buenos amigos. Tal es así, que a veces me siento como en otra dimensión. No puedo negarlo, los años no me han venido solos. Cada día oigo peor. Me niego a usar audífono. Creo claudicar ante ello. Sería demostrar a quienes me rodean, que me ganó la vejez. Ahora bien, mi vista, es de lince. Temporada a temporada, preciso menos de mis lentes. No lo duden, este cuerpo, toi toi, aún tiene para rato.

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