Ese abrazo implicaba contención. A la vez era el principio de una larga despedida. Era su gran maestro. Su confidente. Su resguardo. Pocas personas lo conocían tan bien. Hubiese querido que ese instante durase por siempre, pero la impermanencia es la regla que todo lo rige. Esa despedida, también presuponía la regla. Sentía que nada había sido en vano. Que cada pequeño instante había resultado único, irrepetible, majestuoso. Cuanto le había enseñado. Cuanto había aprendido. Las lágrimas nunca estaban de más. Eran como un río, cuyas aguas portaban consigo todo lo que estaba a su rededor. Sin embargo, aquello que yace en lo más profundo, no puede ser jamás removido.

Por lo pronto, no habían distancias que no pudiesen ser franqueadas. Por tanto, creaciones que tan solo una mente muy lúcida podía imaginar. Tan pronto desaparecían, la cercanía se transformaba en un hechizo, que revivía sucesos impensados.Cada pequeño ápice de su ser desbordaba alegría. No había razón para no sentirse en plenitud. Eso también era parte de la regla. Todo cambiaba segundo a segundo, y solo lograr tomar distancia de su propia existencia, podía darle paz.Tenía la seguridad, que a donde quisiera que fuese, todos sus grandes maestros irían a cuesta. Eso era un elemento más para sentirse seguro, acompañado. Era parte del aprendizaje permanente.
Cada paso que diera, de ahora en adelante, sería de mayor firmeza. Iría detrás de sus sueños, con la clara idea de que el “aquí” y el “allá” no existían en ningún mundo posible.

Cuando el tiempo desaparece


Derribar las nociones de tiempo y espacio, eran, sin dudas, una gran salida. Una vía de escape hacia un infinito porvenir, marcado por el amor a sus prójimos y por el respeto a todos los seres. No cabía en su cabeza un mundo posible, sin la idea del otro. Ese concepto lo había incorporado de niño, y lo acompañaría siempre. De la misma manera, que todas aquellas personas que lo habían marcado a fuego. A fin de cuentas todos eran sus grandes maestros. Aunque ese abrazo interminable, apoyado en esas manos arrugadas y frías, sería un antes y un después. Un único resguardo, de dulce armonía.

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