Por instantes sentirse nuevamente un adolescente. Derribar miedos adultos sin esconderse ante lo desconocido. Creer conseguir apoderarse de lo ajeno y no dudar de nuestras fortalezas. Entretanto hace frío y he perdido mi abrigo. En realidad lo he olvidado ante la algarabía que supone caminar a través de una dimensión desconocida. ¡No te temo! Puedes desnudarme y seguiré observando la belleza que tus ojos me despiertan. ¿Estás ahí? ¿Puedes oírme? Claro que aún me recuerdas. Mis dedos frágiles se perdían ante aquella fragancia precoz, cuando segundos más tarde descorchaba la botella y la noche se abría paso ante la oscuridad de un bosque hecho para nosotros. Los adultos no pueden comprender la hermosura que la naturaleza nos impone, me decías, y enseguida el silencio me dolía. Aquella noche, a lo largo de horas, los miedos serían uno. No habrían años ni tampoco palabras disimiles. Aquel lenguaje común me permitía comprender que la infinidad del bosque había sido creada por nuestros corazones. De tal forma que dibujar tu cuerpo con mis dientes, no podía confundirte. Tu canasta había sido vaciada una y otra vez pero aún deseabas que la manzana fuese devorada. ¿Qué más hacía falta para que tu sonrisa iluminara tu mirada? Sí, aquel aullido era real. Tan real como la existencia de nuestras almas y el vacío que la soledad dejaba al sentir el ruido de la botella, que al quebrarse contra el piso me despertaba, y cuando menos lo pensaba, ya no estabas. Ya no estaba. Ya no estábamos.

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