Algunos días tranquilos y sin perspectivas, dieron lugar a la jornada más mágica en Atenas. De pronto la compañía se transformó en única. Comprendí la importancia de compartir los códigos: cultura, idioma, cercanía, etc. En los viajes largos los altibajos no son extraños. Recuerdo: llueve dentro de mi ser. Las luces se apagan. Siento desolación. Vacío. Transitar la intensidad de la introspección.

El frío no cesa, mientras el cielo gris es una constante. Camino entre la oscuridad. El silencio me persigue. Observó que a mi rededor hay muchos seres solitarios, abandonados a la deriva. Intentó acompañarlos y para cuando despierto la idea de seguir contactándome con refugiados sirios es más fuerte. Sé que puedo dar mucho de mi. ¿Por qué no iniciar un voluntariado algunos meses?

Mohammad (griego) me llama luego de una jornada en algunos centros de refugiados y caminatas intensas. Vamos a cenar juntos. He conversado por videoconferencia con mi hermano Pablo. Parece que la distancia se acorta, y lo abrazo más fuerte que nunca. Segundos más tarde el oído de Yehuda, padre postizo en Israel, me permite entender el juego de la meditación debe ser conjugado con mayor intensidad.

Me apuro por ir al encuentro de mis nuevos amigos. Sin notarlo he dejado mi abrigo y apenas un saquito me cubre. Parece que incluso en Grecia el frío comienza a sentirse. Pero el calor humano derrite el hielo. Me esperan con sonrisas y comienza la música. Español y árabe se conjugan: música latinoamericana, española y siria en el menú. Entretanto desde la cocina el aroma abre nuestros estómagos y parece que en un segundo el sol sale, y ya no hay mas preocupaciones.

¡Que empiece la función! Llega la vedette de la noche: lasaña a la boloñesa y omelette de champiñones, para comenzar. Las charlas se prolongan y sin siquiera saberlo, nos sentimos más hermanados que nunca. Mohammad (sirio) se despide y lo bromeo “¿no vas a saludar como corresponde?”. Entre nosotros es un fuerte abrazo, que treinta minutos se repetirá con el anfitrión, antes de pasear por Atenas, entrada la noche.

Intentar caminar por la vereda es imposible. Ahora entiendo porque los griegos caminan por el medio de la calle. Son muy angostas. De todos modos hay que estar atento, los peatones no tienen derecho alguno. Si no prestamos atención los conductores nos llevan puesto. Entre pensamientos estamos en Syntagma y con las postales recordamos que es el día de la lucha internacional contra el SIDA.

He dormido como nunca desde mi vuelta a Atenas. Las anteriores noches me había costado concilar el sueño. Parece que diciembre ha empezado con todo. De la noche del primero al dos, ha sido una relajación perfecta. Pasadas las once a duras penas me puedo levantar. JuanMi descansa y yo sonrío luego de una meditación perfecta. El sol se cuela por la ventana: no dudo que el azul está dentro y fuera mio.

Por la tarde tengo reuniones en un nuevo centro de refugiados. La falta de puntualidad griega hace que espere. Mientras tanto encuentro a dos jóvenes de catorce y quince años, refugiados sirios, que he conocido antes de irme al Vipassana en Marmari. Agradezco mi suerte: los había estado intentado buscar sin suerte. Nos fundimos en un abrazo eterno (por cuestiones de privacidad y protección no hay fotos de ellos) y la vida continúa, por duro que sea.

Regreso al encuentro de Maria Ines y JuanMi. Me han esperado relajados. Sonríen. Tienen pensado una cena vegetariana, pero antes las charlas entre buena música continúan y vuelvo a descubrir lo afortunado que soy. La vida son esos últimos dos minutos, donde parece que todo va camino al precipicio, y en un instante, sin siquiera pensarlo, la perfección nos inunda. ¿Nunca se preguntaron por qué podemos ser felices con tan poco? ¡Entonces preguntenselo!

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