Siete Lagos de Rila

Continua la historia del intento de incursión a los Siete Lagos de Rila

El comienzo de la historia es este:http://viajeconmiopi.com/sietelagosderila/

Desconocer el destino: descubrir el camino
No lamentaría la lluvia. Sería un golpe de gracia para aceptar mi camino. Había que encontrar un plan B. Entre minutos que pasaban sin siquiera ser percibidos, un matrimonio de habla inglesa me saludaba. En realidad mi educación sudamericana era la que hacía que los abordará con elocuente respeto y diera la bienvenida a mi infierno. Debía esperar unos cuarenta o cincuenta minutos si quería compartir un “taxi” con ellos. Podía empezar a negociar el precio con astucia. La falta del idioma, traductor de google de por medio, haría del intento un fallido absoluto. El chofer intentaba traducir del búlgaro frases ilógicas que me exhibía desconcertado. Cansado por la incomprensión, con media mano en alto, le daba la espalda y me alejaba definitivamente. No volvería a ver a ninguna de las tres personas mencionadas.

Dos metros más tarde eran justo dos hombres los que en un excelente inglés me sugerirían hacer autostop unos 500 metros más adelante, frente a un cartel que anunciaba “Panichiste 10km”. Ellos regresaban de los lagos. ¡Qué mala suerte no haber llegado un día antes o incluso en la madrugada! Su negatividad de semblante anunciaba la imposibilidad del éxito. El pésimo presagio climático, junto a la afirmación que el teleférico funcionaba hasta las 17, eran la carta perfecta para saber que todos los intentos serían fallidos. ¿O tendía una vez más la suerte del último autostop, heroico, que sin despeinarme, lograría derretir una sonrisa perdida en la eternidad del alma.

Encontraría el cartel azul luego de un error de cálculo. Entre los obreros perdidos de un pueblo fantasma, el inglés sería la clave para encontrar el camino. Todos los autos doblaban a izquierda o derecha sin arribar a mis pies. Debía regresar con tiempo perfecto para encontrar a los turistas estadounidenses, y taxi improvisado de por medio, llegar al teleférico. Podía conseguirlo. La lluvia mientras tanto no me mojaba como quería. Campera rojo vivo entre la muerte de mis esperanzas. ¡Ya no conocería ni uno de los siete lagos! ¿Qué pasaría con el Monasterio?

Encuentros del alma
¡No lo puedo creer! El matrimonio no estaba más en los alrededores. Parecía que la intensa lluvia los había acobardado. Recordé la intensa barba colorada de la señora que me había atemorizado. Sentía estar en un cuento de terror. Era el protagonista principal. ¡No moriría! Tenía la convicción que si era el centro no habría orillas. Caminé lo suficiente para cubrirme y una vez refugiado intenté matar el tiempo. Recordé la frase “los malos días siempre traen buenos recuerdos”. Nunca había aprendido más que de los errores y de los traspiés. Sabía que las cosas podían empeorar, pero mi sonrisa inacabable, debía invitar al éxito.

De pronto un auto se acercaba y próximo a la esquina me gritaba frases incomprensibles. “Sorry, I do not speak bulgarian”. Respuesta perfecta para que me abordaran en inglés. Entre tanto observaba su placa roja, poco común en Bulgaria. Creo era la primera vez que la veía. Querían ir al famoso Geiser. Tenía el cartel delante de mis ojos. Les podía indicar que continuaran derecho, mientras agradecían. ¿Por qué no había pedido ir con ellos? A veces no reaccionamos en el momento justo. ¿Y si la distancia era eterna y me perdía de una de las maravillas búlgaras?

Cuando ya no quería contar más el cuento, me adelanté y a mi paso descubrí que quienes me habían consultado sobre el Geiser no eran búlgaros. ¿Podía ser cierto? Uri era israelí y desde el comienzo me trataría con enorme dulzura. Sentía que algo hermoso comenzaba a suceder y el fracaso de no llegar a los lagos y cumplir con el plan del día, dejaba de tener importancia. Su yerno, era empleado de la embajada estadounidense en Bulgaria. Ahora entendía porque vendrían a vivir a esta parte del mundo. Su hebreo, sorpresivamente, en palabras de Uri, era muy inferior a mi nivel. Me ennoblecía descubrirlo.

En un abrazo me había despedido del cambio. Ahora, poco a poco, sin ningún atractivo turístico de por medio, el día podía dejar algún aprendizaje y el agregado de una bella experiencia. El Geiser, sin embargo, me sorprendería por su insignificancia. “What the shit?” mi frase al observarlo de cerca. Una joven búlgara se sonreiría, afirmando mis dichos. Al menos sería el centro de mi almuerzo. Había olvidado la cuchara. Momento oportuno de revivir los tiempos originarios y utilizar la herramienta perfecta: mis manos. No negaba que el sabor era aún más delicioso, con el contacto del cuerpo.

Al despedirme del Geiser reencontrarme con Uri, su señora, hija, yerno y hermana. Repetiría que si bien había nacido en Jerusalén, desde 1973 vivía en Ramat HaGolan. Mostraba señales de una caída intempestiva, al caminar con dificultad. No tenía importancia, ya que en ese último abrazo, nos confundíamos en los sentimientos más bellos que los seres humanos podemos generar. Tenía la esperanza, a pesar de la hora, de llegar al Monasterio de Rila, y hacer que el día no hubiese sido perdido en absoluto.

Intentar encontrar el autobús y con la confusión del idioma esperanzarme. Por un instante creería estar cerca y luego entendería que había dos Monasterios en la zona. ¡Que fortuna no haber abordado el bus! Viktor minutos más tarde me serviría de traductor y lograría entender que a esa hora llegar al Monasterio de Rila era una hazaña impensada. Con el sabor amargo de un mal día, agradecía y expresaba que buscaría el lugar perfecto para hacer autostop camino de vuelta a Sofía.

Impensado mirar el cielo y contemplar la lluvia. Mucho más extraño observar la solidaridad de desconocidos. Cuando mi sonrisa continuaba dibujándose ingenua, Viktor se acercaba y me ofrecía acercarme a Sofía, si así lo deseaba. Agradecido asentía, para descubrir que junto a sus padres vivía en Alemania. Estudiaba ingeniería informática cerca de Colonia y su constante positividad me enfundaría de ánimo. Sin subestimas los 165 kilómetros por hora que de momento alcanzaría el auto, intentaría sostenerme, incluso cuando desaceleraría y conduciría a tan solo 130.

Sin siquiera pensarlo, hora y veinte más tarde, con el Palacio Nacional de la Cultura de fondo, volvía al punto de partida. No había logrado siquiera llegar a los lagos o el Monasterio, pero podía afirmar que ya no era el mismo que horas antes, temprano por la mañana, había dejado la oficina de la calle Tsar Asen, con la esperanza de paisajes alucinantes. Al cruzar el puente, que por esas casualidades encontraba por vez primera, fotografías de mi hermosa Ciudad de Buenos Aires, me daría la última sonrisa del día, y sin dudarlo un minuto, daría las gracias de no haber alcanzado mi objetivo parcial.

Entre 130 y 160 kilómetros por hora de vuelta a Sofia:

Aquí se acaba una historia de viaje, que comenzó algo mal, y sin siquiera pensarlo, con una sonrisa, terminó casi a la perfección..

7 thoughts on “Lagos de Rila (continuación)

  1. A veces las aventuras de viaje nos deparan nuevos caminos. Bello saber que estas disfrutando incluso de algunos traspies.

  2. Saborear un cuadradito de chocolate durante media hora o ver un paisaje sorprendente, o disfrutar de un recuerdo, ni siquiera son comparables al gozo de leerte. Ya sabés las diferencias entre placer y gozo. Sigue deleitándonos con tus relatos. Disfruta cada minuto de tus viajes. Lili.

    1. Muchas gracias. Ahora tengo uno en camino sobre las diferencias culturales, idiomáticas, etc. Y otro sobre donde me encuentro en el momento, para que la comunidad de Viajando con mi Opi sepa en que andamos.

    2. tus relatos me transportan a lugares maravillosos. Es un placer inmenso encontrarte y disfrutarte. Gracias por ayudarnos a hacer mejor este pedazo de vida!

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