La ruta me domina (primera parte)

“Movete, movete que se hace tarde. ¿No tenés pensado alistar tu mochila?” el grito desesperado de un húngaro que se camufla entre rumanos. Mueve con suavidad el labio desentendido como respuesta y termina sus ejercicios matutinos. Tan pronto se levanta de la cama el desorden lo disuelve. Confundido acomoda sus ilusiones dispuesto a experimentar el pecado de la duda.

Dibujarse en el desayuno de una cena solitaria. Tres minutos más tarde repetir la pasta fría y un rejunte de verduras que aún mantiene el sabor de antaño. Sonrisas cómplices con la pared y en el minuto siguiente la garganta helada da muestras que la próxima semana la salud tambaleará entre la desazón del inconciente nudismo nocturno. Cuando quiere darse cuenta ni los dientes se ha lavado y el ascensor como una pesadilla lo adelanta al destino.

Cerrada la puerta de casa, la historia se manifiesta en un eterno dilema. Dos puertas giratorias diminutas lo elevan en picada. Contradicción que lo obliga a descender dos pisos a pie con la carga de la culpa sobre su espalda. Acompañado de una templada mañana con transeúntes que se abrigan en exceso. Cuatrocientos breves metros la tienda de todo o nada mezcla jugos desabridos y cinco minutos extras para el tranvía laboral.

Suben. El silencio de la deuda cotidiana, aún duele. Gris en el cielo y un aroma a desazón por doquier. Caras de desasosiego entre la sinceridad de un mañana sin retorno. Pregunta donde deben separarse, mientras el tranvía vuelve a detenerse. Respuesta ácida que lo destruye. ¿Ha perdido la mísera costumbre del horror? Entretanto el equipaje descarado incomoda a pasajeros que llegan atrasados a sus oficinas. Maldicen entre dientes por la envidia de la cobardía.

Siete minutos de conversación animada. Medio abrazo agradecido. Y un hasta luego falso como el matutino de cada domingo. ¿Volverán a compartir festivales de música desconocida? Ni la desabrida comida árabe, preparada por otra cultura, imagina, los tendrá presentes en un solo cuerpo. Miseria del compromiso frente a la alegría del destierro. Tan solo una parada más y un nuevo todo o nada, para el ciego que volvió a ver a través de la libertad irracional.

Freno intempestivo y la espera de locales que descienden con impronta fingida. Su equipaje desconsiderado lo invita a la espera. Desciende. Ya es uno más del gentío diminuto, un lunes cualquiera con olor a martes. Observa a ambos lados sin siquiera reconocer las indicaciones recibidas media hora antes. ¿Parada de buses? Tan solo un camino en construcción, superado por la tierra humedecida. Camina lenta y cansinamente. Balbucea entre la incomprensión de un cielo blanco con diminuto gris de fondo. ¡Hoy no será un día cualquiera!

FRAGMENTO de “La ruta me domina”

En una semana la segunda parte de la historia 🙂

Si quieres más de la segunda parte deja tu comentario que nos ayuda a crecer….


Éxito en las rutas rumanas

No queda más que agradecer a las personas que con su solidaridad inspiraron este relato. En especial Radu (Rado en español) que a través de charlas sinceras intercambiando hebreo, español, inglés e italiano, me permitieron conocerme aún más.

¡GRACIAS TOTALES!

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