La ruta me domina (segunda parte)

Diez minutos han pasado y el tranvía violeta lo persigue. ¿Llegaba hasta aquí? ¿Por qué caminó de manera estúpida? Nuevamente la construcción del despilfarro y dos metros que ya son cuatro lo detienen. Dispone su mochila y bolso de mano, en el suelo, y comienza a improvisar un cartel con tinta negra con una de las biromes que le recuerdan un pasado que no quiere sea futuro. No tiene importancia. Alza ambas manos cual coreografía y dibuja una sonrisa sincera.

¡Si! No han pasado dos minutos y una combi blanca se ha detenido. Duda. Transcurren diez segundos que parecen horas. Corre sin demasiada esperanza. Guiño de ojo que lo invita a subir. Comienza el trayecto camino a un nuevo hogar de tránsito. Minutos surfean el asfalto y ante el pedido excesivo de dinero termina el viaje. Regresar a foja cero con la sensación de que los días venideros serán igual de amargos.

Ahora una señora entrada en canas también es de la partida. ¿Podría ser su madre? ¡Claro! También su padre, se dice, y sonríe irónico. Su mano en diagonal derecha, abierta, lo confunde. Intenta sin éxito derribar autos que no detienen su paso. Diez minutos desoladores que terminan con su paciencia. Al acercarse al joven lo mira con cariño y le dice cientos de frases incomprensibles. Asentir con las cejas con la única intención de apartarla de su vista. ¿No podría ser más educado?

Oscuridad. Silencio. El tiempo derriba segundos y la soledad cala los huesos. Observa la gasolinera. Tan solo una expendedora y dos empleados que conversan sin interrupción. Cada cinco minutos algún automóvil se detiene para integrarse a la charla. El joven, ajeno. Mira de reojo. Alza las cejas y baja el mentón. ¿Aroma a fresas? ¿Cómo puede ser en esta parte del planeta y durante el otoño? Mueve sus pies desesperado. No por las frutas, sino por los minutos que lo dilatan.

“Vení” “Apurate” “Te están esperando” Parece decir Mister Gasolina. Corre amargado. ¿No puede ver el lado positivo de la vida? Tan pronto se aproxima al auto hablan un idioma que ambos desconocen, pero comparten por la coyuntura. El conductor entiende no es un poblador local e inventa una excusa: “Pienso que esa mochila no va a caber”. ¡Pero si el auto está completamente vacío! Idiotez que lo confunde. Regresa a un pasado sin retorno. Futuro desdibujado en un otoño que ha vuelto a destellar un verano horriblemente caluroso.

Media hora avanza. Su cuerpo húmedo. Ilusiones quebradas y una banana extra lo mantiene alimentado. Comienzan a dolerle los pies, sobre todo por la incoherencia de ser ignorado. Ríe. ¿Tiene acaso otra opción? Baila sin música. Nota que sin siquiera quererlo ha vuelto a ser feliz como no lo ha sido en los últimos tres años. En cuanto toma conciencia de los sucesos una nueva combi blanca se detiene. Parece ser que la tercera oportunidad lo tendrá ante un nuevo debate irrefrenable.

“No tengo dinero” se ataja el joven ante el miedo de un nuevo fracaso. Del otro lado una sonrisa de sorpresa y dedos en alto dando a entender que él no ha solicitado plata a cambio. Entonces se dan la mano, y como dos viejos amigos, sin necesidad de abrazo, comienzan un viaje juntos que los hermanará. Apenas entre conversaciones que mezclan cuatro idiomas, con la radio de fondo en un quinto, no tan incomprensible como creía y la bienvenida a “casa”, le deparará nuevas historias que para bien o mal lo harán una nueva persona.

Video inspirador del amor a la ruta y el autostop:

Para leer la primer parte: http://viajeconmiopi.com/portfolio/la-ruta-me-domina/

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