Florencia: tan solo el comienzo, de la ciudad del arte

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Bordeamos el Tevere (Tiber), tan sólo al resguardo de un puente que también es paso obligado de automovilistas y transeúntes. Rómulo y Remo no podrían haberle hecho mayor tributo, convirtiéndolo en leyenda. La misma que dibujamos entre sonrisa y sonrisa. Posibilita un viaje que no da lugar al salvavidas del olvido. Pasos más o pasos menos, el autobús nos interpondrá un sendero oportuno para arribar al tren florentino. No hay precisión de los horarios. Tan sólo suposiciones carentes de rigor científico. A lo lejos números que invitan al desconcierto. No sé si lo he soñado o es parte de la realidad que vuelve sobre mis hombros. Algo me hacer creer que nuestro bus está ante nuestras inocentes miradas.

Señor por favor dígame cual es el bus que me lleva a la estación central y la indebida señal, que es el mismo que nos observa en la diagonal opuesta. No hay siquiera mera chance de que lo abordemos vivos. Fuerza. Contrapartidas de un desencuentro constante. Podemos volar en la eternidad del desconcierto, que para cuando las alas hayan mermado y mutado en el destierro, afrontaremos nuestra infiel encrucijada de la sinrazón.

En un rapto de magia, alcanzamos a abordar el ómnibus. El conductor con cierto enojo nos impone que no dilatemos su espera. Una vez más parece que no tenemos tiquetes. Por esa razón no quiero ascender y consulto que hacer. La respuesta es certera: subir y disfrutar del viaje. Otros pasajeros de ríen de mi preocupación. Al parecer estamos en Italia y no en Suiza o Alemania. Latinos que tanto los amo. Tenemos un noseque tan especial. Característica sin igual imposible de encontrar en otras culturas.

Será casi el último recuerdo romano hasta el pronto regresó. Terminar como empezamos: suave tensión, de una travesía, con aroma a triunfo tenue y sincero. Contemplar a través de la mediación de una ventana. Puede no sea la mejor cara, pero es una de las tantas posibilidades que se nos brinda, y la mejor opción es aceptarla con gratitud. Enorgullecernos, transitando la segunda semana, de un sueño que cobró vida tan sólo a partir de nuestra infatigable voluntad.

Entre tanto nos aproximamos a la estación terminal. Sabemos que la letra H será compañera fiel, de tránsito. Descender con voluntad vociferante y como un trazo de aguacero veraniego, sentir que ya no somos parte de nuestro alrededor. Abrigarnos de una escenografía que muta con desasosiego. Somos parte de una catarata de sentimientos, que tienen como denominador común, un sueño, pocas veces imaginado. Regocijarnos, a pesar de sensaciones encontradas. Cada vez que cambiamos de ambiente, se suscitan un sinfín de interrogantes, que traen aparejado un miedo lacerante.

Una multitud nos recibe con brazos cerrados. Olor a confusión. Tan sólo relajarse, al saber que el tiempo, quizá por vez primera, está de nuestro lado. La revolución del espacio, concentra un compendio de oportunidades entre puertas y caminos, que invitan al desconcierto. Tiempo de preguntar, para asegurarnos que todos los caminos nos conducen con certeza, a Florencia.

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Mucho más de Florencia en las páginas del libro…

2 thoughts on “Florencia: tras los pasos del libro

  1. Que mas puedo decir que ya no he dicho. Excelente descripción, amena, interesante. Es como si uno estuviera viajando con uds

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