Un día deje mis miedos atrás y tomé la mochila por primera vez. Desconocía los caminos que iría descubriendo, pero mi sonrisa de oreja a oreja me acompañaría a cada instante. Incluso aquellos momentos oscuros serían un gran aprendizaje. Frágil. Inmaduro. Lleno de confusiones. Hermosas confusiones. Conceptos errados. Muchos preconceptos. Cargado de malas influencias citadinas. Pero con la inocencia de un adolescente que comenzaba a ser adulto.

En un principio todo era alegría. Autoconocimiento. Por momentos enorme claridad. Primer viaje cargado de emociones, que desconocía podían ser el germen de una cierta destrucción. Ya no era el mismo y nunca lo sería. Parte de mí se había quedado en hermosos rincones de mi país y de países hermanos. Empezaba a entender con claridad el concepto de mi Opi, que desde pequeño, me había hablado de la idiotez que suponían las fronteras. Desde entonces la única frontera que existía estaba en mi mente.

Cada verano la historia se repetía, tan solo en el puntapié inicial. Mochila en mano. El resto era nuevo. Hermosamente nuevo. Poco a poco navidades y años nuevos pasaban junto a extraños, que con el correr de los años, se irían convirtiendo en una especie de nueva familia. Mi cumpleaños dejaba de estar rodeado de familia y amigos cercanos y así pasé mi natalicio en Bolivia, en Ecuador, en Colombia, en Peru, en Israel y muy pronto quien sabe dónde. Aquí tal vez un meaculpa, para mi madre que me preguntaba: ¿cuándo vas a pasar un cumpleaños junto a nosotros? Me pregunto por lo bajo ¿el 2018 tal vez sea el de la redención?

Volver al hogar, cuando existía la palabra hogar, era siempre una crisis. Cualquier viajero debe saberlo. Algo en mi interior había mutado. Por una parte estaba más lleno de vida que nunca, pero por la otra sentía la incomodidad de la rutina. Repetir caras o conversaciones, a veces, se hacía molesto. Sentía que la ruta me llamaba. Me faltaba la adrenalina de estar esperando en la banquina, sin saber cuál sería mi próximo destino. Descubrir nuevas culturas. Perderse en conversaciones interminables con personas que había conocido hace dos minutos. Sentirse, en pocas palabras, cargado de magia.

Como no se puede tener todo, y las decisiones nos convierten en adultos, también se sufre. De pronto empezaba a tener amigos y gente querida en diferentes partes del globo. Era (y es) hermoso, pero a la vez frustrante. Siempre algo me estaba faltando. Entendía que los seres humanos somos seres incompletos. Sociales. Aunque de todos modos aquellas confusiones me lanzaban una vez más a la ruta. De pronto sentía el apoyo de personas queridas en muchos sitios, con las que afortunadamente pude trazar una amistad y a muchos de ellos reencontrar.

Así entendí que podía darle gracias a la vida, de tener la fortuna de haber conocido cientos de lugares, personas, aromas y sensaciones únicas, sin olvidar que si había un sueño y una meta por trazar, uno debía cerrar los ojos, para la mente y oír al corazón.

¡GRACIAS A TODOS AQUELLOS QUE HAN HECHO POSIBLE QUE TANTAS HISTORIAS Y PERSONAS HERMOSAS HAYAN ENTRADO EN MI VIDA!

No hay como esos abrazos, besos, sonrisas hermanas sudamericanas. La cercanía. El código común. Ningún rincón del planeta conjuga el amor como nosotros. Otra razón de ser afortunado: haber descubierto cientos de lugares allí. ¡LOS AMO!

NOTA: las fotos casi sin excepción, intencionalmente, son en Sudamérica y con personas.

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