Relatos de ayer y de hoy presenta:

“El mareado”

Había llegado el otoño, pero el termómetro continuaba en 40°; miré con curiosidad al muchacho. Su cuerpo se bamboleaba sin sentido. Supuse que esperaba el Bus 67, pero nadie podía dar esa certeza. Permanecía con las piernas encogidas, dentro de un pantalón de jean arrugado, nuevo, aunque decisivamente arrugado, tan celeste como el cielo que no daba tregua. Sus ojos permanecían cerrados; posiblemente sus ilusiones también. ¿Quién podía siquiera considerarlo humano? Era ignorado por convicción.

Mientras, el autobús se aproximaba él cobró vida. De pronto, se incorporó de un salto, en un vano intento por demostrar que su estado de perdición no era tal. Tuvo tiempo de sentarse, sobre un muro que daba espacio al descanso; pero un piedrazo inesperado le impactó en su cabeza. La herida era más grande de lo previsto, sangraba sin pausa y con el último aliento cayó al piso. Su postrimer latido le permitió sacar la lengua y sus ojos otrora cerrados, ahora permanecían abiertos, pero sin vida.

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