Dos meses y medio atrás llegaba a Grecia con dos seguridades:

cumplir el sueño de visitar un país con muchísima historia y del cual había estudiado bastante su filosofía; y la de emprender un voluntariado con refugiados. Como sucede en cada nueva aventura, todo era un gran interrogante, y los desafíos, eran, tal vez, enormes.

En un comienzo tan solo frecuentaba por el día diferentes organizaciones y centros de refugiados, en tanto recorría diversos sitios, al tiempo que conocía gente nueva. Durante unas semanas confirmé la regla que decía que aquellos lugares que uno ansia visitar con tantas ganas y que permanecen en el inconsciente colectivo, cuando cobran vida, no son jamás como los imaginábamos. Se suscitan desilusiones. Por eso no es bueno tener expectativas muy altas y disfrutar el instante presente.

Así, gracias a mi amiga Patricia, y junto a REMAR S.O.S. y Mensajeros de la Paz, entre otros organismos europeos, empecé a trabajar en campamentos vecinos a Atenas. Tiempo más que suficiente para conocer incansables oportunidades la capital griega. Bastante para darme cuenta que no era una ciudad con grandes atractivos. Incluso numerosas personas que trabajaban junto a mí, eran de la misma idea.

Malakasa, campamento principalmente de refugiados afganos, terminó siendo el sitio que más frecuentaba, antes de mi viaje a Lesbos, que parecía ser por una semanas, y sin darme por enterado, ya se han convertido en más de cinco. Allí tuve tiempo de conocer voluntarios de enorme corazón y sobre todo refugiados, como Omid, que nos ayudaban en la labor diaria. Allí dábamos té por la mañana y sopa a mediodía. Jugábamos con los niños, al tiempo que funcionaba una pequeña escuela. Muchas sonrisas compartidas y a pesar de no compartir el idioma, nos podíamos abrazar en un único leguaje, el del amor al prójimo.

El tiempo transmutó y sin siquiera poder despedirme como quería, llegaba a Lesbos. Allí descubriría que no existen los días y números. Sería lo mismo un sábado o domingo, que un lunes o martes. También entendería que las pausas casi no existirían y se podía estar veinticuatro horas sin parar. No era la excitación de lo nuevo, sino la demanda de dos campamentos, abarrotados de desesperanza (Kara Tepe con 900 almas y Moria con más de 3000).

Me despido con una gran sonrisa, entre la confusión reinante, rodeado de voluntarios refugiados, en su mayoría de Pakistán, y los tres restantes uno de Irak, otro de Siria y el tercero afgano. He perdido la cuenta de que es y que no la realidad, lo que tal vez signifique tiempo de un impase ¿o por de pronto sea una razón más para entender, que fuera del sistema, la felicidad también es posible?

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