A la ruta, luego de haber descubierto Sarajevo y tener especialmente un excelente fin de semana. Una nueva aventura autostop en Bosnia-Herzegovina. La paradoja de atravesar una vez más de una a otra región.

Una nueva historia rutera, con la intención de demostrar que el autoestop es la mejor opción para el viaje. No solo conoces un montón de personas increíbles, sino que te enriqueces como persona. Y ni que hablar la infinidad de historias y pueblos que descubres en el camino. Hasta muchas veces eres hospedado por la gente que horas antes te ha levantado o terminas en un restaurante comiendo como rey.

Muchas historias se tejen en la ruta y es momento perfecto para decir AHORA.

¡Acompáñame en esta nueva aventura!


” De Bosnia a República Serbska, con la ironía de un país partido en tres”

Un comienzo dilatado

Era el turno de un nuevo autoestop en Bosnia Herzegovina. Un país divido en tres partes, por lo que de esta manera sería el turno de ir de Bosnia a República Serbska. La distancia era de 190 kilómetros, pero una ruta zigzagueante y probablemente cinco horas de viaje directo en un solo auto.

El desayuno se prolonga y entre conversaciones que se hacen interminables nos encontramos en el mismo lugar. Miro el reloj y me preocupa haber perdido prácticamente toda la mañana. Debemos (sí, otra vez el gringo quiere salir a la ruta conmigo) apresurarnos para tomar el autobús que nos lleve al peaje.

La caminata se hace interminable y me siento cansado. Las piernas todavía responden y no entiendo la razón de que la fuerza física aún no me abandone. Han sido meses agitados, por lo que no haber dormido lo suficiente siempre puede ser contraproducente. Parece que el 21 camino al peaje llega y nos apresuramos a abordarlo, mientras parte de mi equipaje cae desesperado en el suelo.

Nada mejor que empezar en un peaje

Descendemos del autobús, que ha demorado menos de los previsto en llegar a destino. La regla de oro dice que el peaje es el mejor punto de partida. Caminamos por unos quince minutos, atravesando un cartel que dice “PROHIBIDO AUTOSTOP”. Me río de mi suerte, pero se que puedo comenzar a levantar el pulgar, unos metros antes de las oficinas de cobro.

Aproximadamente media hora o un poco más, para que Dereki se frene. Va tan solo a veinte kilómetros de distancia, por lo que creo es una mala oportunidad, pero cuando pienso que es bueno agradecer y volver a hacer dedo, nos encontramos en su auto y nos cuenta que va a Visoko, un pueblo que parece tener un encanto oculto.

La buena suerte, que dice que si no consigo nadie que me lleve a Banja Luka, puedo quedarme en un espacio cultural que tiene, donde podré pasar la noche. Por otro lado cuenta que en su pueblo hay tres pirámides y deberíamos visitarlas. Sin otra oportunidad que seguir el destino, asentimos, y vamos camino a ellas.

Los errores no siempre se pagan caros

Mis miedos se confirman. El peaje en Visoko no está en la autopista sino girando a la izquierda, como entrada del pueblo. ¿Y ahora como volveré a hacer autostop, tan lejos de la vía principal? Maldigo a mi decisión, pero intento disfrutar del paisaje, al menos por media hora o cuarenta minutos.

Al regresar al maldito peaje, más de cincuenta minutos de espera. Es tiempo de forzar nuestra suerte. Afirmo que debemos ir a la autopista de inmediato. Alex me pregunta si tendremos mejor fortuna, pero no se responderle. Tan solo estaremos en una zona donde todos los autos que vienen de Sarajevo, pasaran ante nuestros ojos. Las probabilidades aumentan, pero la alta velocidad de los automóviles, también puede ser un problema.

Una caminata equivocada del lado opuesto a la ruta, separados por los alambres, hace que siga mi instinto y decida regresar para ir por la calle. Siento el cansancio y la frustración pero no aflojo. Sé que la suerte estará de mi lado. De hecho al ver a un hombre de cincuenta años, esperando, siento que no es tan mal sitio. Para cuando coloco mi mochila, es tiempo de unos sanguches, y al cerrar los ojos, nuestro compañero a la distancia, se ha subido a un camión.

La autopista de las ilusiones y el turismo perdido

Diez minutos pasan para que George, Milos e Iva cambien nuestro destino. Al ver el auto frenar le reitero a Alex “seguro van directo a Banja Luka”. Mera intuición de un experimentado autostopero. ¡Y no me equivocaré! Tan solo preparan el maletero para acomodar nuestras mochilas y nos confirman mis afirmaciones.

El viaje se prolonga y las charlas no se interrumpen. Alex parece muy excitado y yo necesito un poco de silencio. Nos dicen que piensan hacer unas paradas en el camino. Por lo visto iremos a unas cataratas, donde tendremos un paseo inesperado. Tiempo para conocer Jajce. No solo el agua que cae en forma de manantial, sino también unas catacumbas del siglo XIV.

Sé hará muy tarde, pero podremos descubrir nuevos pueblos y sitios inhóspitos. Sin siquiera proponermelo, descubro cuales son las verdaderas razones del autostop. Dejamos que miles de seres anónimos sean por momentos parte de nuestra historia. Nos dibujen sonrisas, para poder hermanarnos.

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