No hay mayor reconocimiento que tantos abrazos, apretones de mano y palabras de afecto, recibidas.

Se conjugaba cumplir el sueño de visitar un país con muchísima historia y del cual había estudiado bastante su filosofía; y la de emprender un voluntariado con refugiados. Como sucede en cada nueva aventura, todo era un gran interrogante, y los desafíos enormes. Pero, a pesar de que duela,

todo comienzo tiene un final.

Iniciaría mi periplo griego con “refugiados”, durante tres meses, visitando diferentes squats y organizaciones, compartiendo actividades durante el día. Poco a poco sentía que estaba por encontrar el encuadre. Mientras tanto, llegué a Malakasa, con la gente de REMAR S.O.S. y empezaban dos meses y medio de una de las mejores experiencias de mi vida. Allí conocí gente increíble, como Omid de Afganistán (foto que antecede).

En aquel momento me sentía en deuda. Cada día me había levantado intentando entregarme al máximo, pero al irme a dormir, sentía que estaba en deuda. Una vez más había recibido mucho más de lo que había dado. Juan Carlos había hablado de ello en sus charlas, semanas atrás, en varias oportunidades. Tenía tanta razón. Impotencia que se disipa al saber que nuestras fuerzas siempre tienen un límite.

Recordé complicidad, cargada de inocencia juvenil. Por dos meses pude sentirme un niño, en Lesbos, jugando a travesuras, que a veces intentaban ser adolescentes. Seres que comenzaron por percibirse anónimos, en semanas, pasaron a tener un nombre y una historia alucinante detrás. Me comprometía con muchas de ellas, a pesar que la barrera lingüística era fenomenal. Nuevamente el lenguaje del corazón las rompía, intentando lograr cercanía. Éramos bendecidos entre el calor de aquel guiño cómplice, entre el saludo de buenos días. El trabajo incansable, rodeado de voluntarios de Pakistán, junto a otros tres provenientes de otros países (uno de Afganistán, otro de Iraq y el tercero de Siria), para no solo emprender la tarea diaria, sino también una amistad, que pasados los días perdura, a través de comunicaciones constantes y el cariño intacto.


Hoy, completada una etapa, el cuerpo pide un merecido descanso. Sin siquiera notarlo iba dejando algo de mí, cada día, al tiempo que recibía innumerables bendiciones. Fue difícil poner un límite, luego de posponer mis planes una y otra vez, a lo largo del último mes. Por supuesto no me arrepiento, porque pude tener, sin lugar a dudas, una hermosa experiencia, que me ha enriquecido como persona y como escritor.

2 thoughts on “Todo comienzo, precipita un final

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