A la conquista de Macedonia: el turismo alternativo es posible

A la conquista de Macedonia me dije y no fui escuchado por nadie. Meses atrás o tal vez años, imposible pensar que algún día me encontraría descubriendo este diminuto país de los Balcanes. Inhóspito casi tanto como la Patagonia Argentina, por dar un caso.

Solo decir que las próximas semanas pretendo descubrir muchos pueblos y pequeñas ciudades de Macedonia y adentrarme en la cultura, las tradiciones y gastronomía. Dudo todavía si ir o no a la capital Skopje que con sus casi 700 mil habitantes concentra el 35% de la población Macedonia, dispersa entre pueblos que a duras penas superan los 50 mil habitantes e incluso como Kamenica pueden estar en los dos mil (para 2002 tenía cinco mil, pero muchos se han ido a otros países o mismo a la capital). Así espero tener en el menú luego de Kamenica y Strumica: Shtip, Veles, Kumanovo, Skopje (?), Tetovo, Debar, Ohrid y algó más.

Primeros pasos
Tan solo cruzar la frontera y Boris me hacía comenzar a sentir el calor macedonio entre el frío que rodeaba la montaña. Volvía de realizar compras en Bulgaría, cerca de la línea fronteriza. Parecería ser una práctica bastante usual que Nikolai había compartido conmigo en Blagoevgrad y había resultado para que en el supermercado Metro nacieran mis esperanzas.

Luego vino mi llegada a Kamenica y comencé a descubrir un pueblito con poca vida pero mucho calor humano. Ahí conocí a Vlatko mi anfitrión. Músico loco y divertido siempre esperando que comiera alguna extraño desayuno que combinaba lo mejor del vegetarianismo. Sí, hasta eso tenían en cuenta para congraciarme. Comer una musaka de papa sin carne alguna uno de los tantos ejemplos.

Así día y noche el bar Cliff de Moher era lugar de encuentro entre amigos. Charlas interminables en macedonio, de las que no comprendía más que latinismos y el lenguaje gestual. Uno aprende a observar mejor y a disfrutar del silencio propio. Nos enseñan a escuchar porque no tenemos otra alternativa.

Me despedí con un abrazo cálido, en especial con Branko que me cautivo con su ternura. El primer día me había traído comida a la habitación, indicando que era vegetariana. ¿Cómo sabía de mi vegetarianismo? ¿Vlatko le habría comentado? Sin siquiera saberlo agradecí y disfrute de mi suerte.

En el camino a Strumica la lluvia no ayudaba y la noche se avecinaba, pero gracas a Venzo y más tarde Zlave, mis deseos se convirtieron en hechos y entrada la noche (anochece a las 17.50) podía empezar a decir que era tiempo de disfrutar de Strumica e intentar sorpenderme con una pequeña ciudad de 36 mil habitantes.

¡GRACIAS MACEDONIA POR TAN HERMOSO COMIENZO!

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